No sabía hasta que punto era capaz de quererlo. Mejor me dejo llevar, pensaba. Total, eso era siempre lo que había hecho con su vida: dejar que fuera recorriendo todos y cada uno de los rincones que con su mirada iba destripando suavemente. Pues lo dicho, con él no voy a hacer menos. Su vida misma iba a decidir cuánto quererlo. Bueno sería que supiera que a partir de ese momento, su vida y la de él iban a ser la misma y que por mucho que quisiera, ya no iba a poder recorrer a sus anchas todos los rincones de la ciudad.