La acompañó hasta su portal, donde un beso fugaz y un intercambio de miradas lo dijeron todo.
La pequeña gran Elisa subió corriendo las escaleras, entusiasmada por esa gran tarde. Saca las llaves de su bolsillo y empieza a oír las voces que salen de su casa. Otra vez están discutiendo. No aguantaban ni un solo día sin hacerlo. Cuando la pequeña gran Elisa abrió la puerta todo se calmó, quizá por guardar respeto por su inocente hija.
Más tarde y sin poderlo resistir su madre la preguntó donde había pasado la tarde. Elisa mintió pero sus ojos la delataron.
-Pequeña Elisa, eres joven para enamorarte todavía, no quiero que pases malas noches sin dormir, ni quiero que te atiborres de helado como las chicas deprimidas de las películas.
Sin embargo, la pequeña gran Elisa no pensaba que ella era joven para saber amar. Es más, ella sabía perfectamente lo que era amar. Sabía perfectamente lo que era hacer el amor, e incluso lo había puesto en práctica. Refunfuñando y mirándola seriamente, la pequeña gran Elisa contestó a su madre con voz firme:
- No quieras resguardarme del amor mamá. No todo el mundo destruye lo que algún día fue bonito, como habéis hecho papá y tú. Yo no tengo maldigo al amor. No sé porqué tú lo hacéis. Para mí es lo mejor que hay. Papá y tú habéis cerrado vuestros corazones a la rutina. Habéis cogido miedo al amor.
Callada y sorprendida, se retiró de la habitación pensado en todo lo que su hija le había dicho. Razón no le faltaba a sus palabras.
Días más tarde, los ojos de la madre brillaban con el mismo resplandor que los ojos de su hija. La gran Elisa no se había confundido con sus palabras. Quizá ya no era tan pequeña. Quizá, había perdido el miedo al amor.